Dr. Ignacio Sánchez de la Yncera
Catedrático de Sociología, Instituto I-Communitas (UPNA)

Creo que se ha producido una crisis suficientemente aguda, sobre todo en el plano emotivo, como para que a los corazones más finos les haya deparado, sin duda, una ocasión relevante para incrementar su sentido de responsabilidad por los asuntos comunes. Y colectivamente, creo que, en los diferentes enclaves, se han puesto en evidencia las limitaciones de los responsables de la dirección política —su falta de talla—. Es muy difícil que todo esto no tenga un precio real en clave política. No obstante, ha habido una gran afluencia de miedo y de angustia sobre mucha gente, lo cual es un terreno fértil para la reacción conservadora —para no perder la vida primero; para no perder lo que uno tiene, después— y desgraciadamente muy propicio para los populismos agitadores capaces de enlazar con esos sentimientos primarios, tan alejados de la magnanimidad que demanda siempre el desafío de la convivencia.

Por eso es más fácil —esperemos que no— que en lo masivo se produzcan nuevos fenómenos superficiales inquietantes, que, además, estarán propiciados por la facilidad que pueden tener las minorías y los grupos interesados para manejar con más presteza las singularidades del potencial de difusión de información diferenciada a los usuarios, a quienes les puede resultar difícil distinguir entre el mundo que se les hace ver y la realidad viva. Suelo decir que estamos aún en una época demasiado virginal de la experiencia de los públicos en el uso, como receptores, de las redes —configuradas diferencialmente conforme a los algoritmos—. Costará un tiempo hasta que se tome verdadera conciencia del efecto ficcional —muy susceptible de manipulación— que, en este sentido, se produce por el hecho de que el mundo que cada uno encuentra en las redes se parezca mucho al mundo que particularmente tiende a encontrar o desea encontrar. Pasó lo mismo en los fenómenos de masas de la primera treintena del siglo XX, e incluso de toda la primera mitad de siglo cuando el uso propagandístico y publicitario de la radio afectó a públicos nacientes con nula educación crítica.

Todo eso en cuanto a lo malo, que se refuerza con la elevada probabilidad de que los esquemas acostumbrados de conducta de la gente, sus disposiciones profundas, tiendan a reiniciarse en cuanto ésta pueda recuperar cierta normalidad. Casi todos encontrarán lo que se acostumbraron a buscar. Por eso mismo, sobre todo, decía antes que los políticos no habían sabido dar la talla. Se ha omitido una oportunidad propicia para una limpia afirmación de los bienes comunes y de la solidaridad ante una amenaza enorme para todos, y para atajar toda tentación de servirse de un fenómeno imprevisible, atroz y desbordante, instrumentalizándolo para intereses partisanos. 

Lo relevante y grave, sin embargo, es cuál vaya a ser realmente el panorama socioeconómico dentro de seis meses o un año, y cómo se ha a gestionar la crisis en el espacio público. El turismo canario, por ejemplo, se va a ver reducido este año, según los cálculos y las proyecciones de los propios empresarios del sector, a una quinta parte de lo que fue el año anterior. En su conjunto la economía española depende muchísimo del movimiento de las gentes hacia España y de los españoles dentro de España. No sabemos hasta dónde llegará el frenazo en seco de la economía mundial, pero donde se produzcan las repercusiones más drásticas, la gente va a tener serias dificultades. Los empresarios que se sienten fuertes —aunque la drasticidad del topetazo que les pueda llegar por la espalda, a causa de los efectos en cadena de la interdependencia, someterá sin duda a prueba esa autoconfianza— dicen que lo único que les preocupa es ser en este momento los más proactivos e ideativos, están cerrando sus acuerdos para nuevos proyectos, y agitando la creatividad de sus equipos de innovación. Están trabajando como estajanovistas en el después. Algunos lo harán como depredadores —siempre afloran—. Los más inteligentes, incluso en los estados mayores de las grandes empresas internacionales, e incluso en la banca o en general en el sistema financiero, incluidos los equipos económicos de los gobiernos y de los organismos internacionales, saben o deben saber —aprendiendo de los mejores— que, incluso por cálculo estratégico, no obrar en una situación así, en parte perdiendo, pero apostando ante todo por salvar el tejido socioeconómico sería una completa insensatez. En fin, puede que también el zarandeo general de las circunstancias advenidas y las que están viniendo den a numerosa gente la ocasión para cambiar sustantivamente de apuesta axiológica y de estilo de vida. 

La clave está siempre en afirmar la dimensión solidaria de la vida común, nuclear en la actividad política. La gran cuestión es si acertaremos a dar prioridad, a los más vulnerables, a quienes de verdad padezcan con mayor virulencia y amenaza los efectos de la grave coyuntura del caso.

 Pero, si he de responder, para acabar, a la pregunta que se me hacía, debo decir que, como siempre, el futuro vendrá con lo suyo, como resultado de lo que hagamos entre todos al abordar los avatares: el futuro es futuro y no lo debemos desfuturizar pretenciosamente. Por ello mismo en todos los ámbitos es tan decisiva una vívida solicitud solidaria, que lleve a atender primero a quienes las circunstancias aprieten más, pero también a apremiar y respaldar a quien le toque la responsabilidad política de esa atención.

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