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La igualdad de género en el siglo XXI

Dentro del ciclo de mesas redondas Orientaciones en tiempos de crisis en esta ocasión se exploró el tema de La igualdad de género en el siglo XXI analizando los tres principales eslabones de esta cadena: La importancia de la igualdad de género, las barreras económicas de género y la revolución feminista.

La igualdad de género es un principio constitucional que estipula que los hombres y las mujeres son iguales ante la Ley. Esto quiere decir que todas las personas tienen los mismos derechos y deberes ante el Estado y la sociedad en su conjunto. Este principio constitucional está basado en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Sin embargo, no basta con decretar la igualdad de género. Es fundamental asegurar que las estructuras de gobernanza y organización social se construyen basándose en este principio.

Discriminación contra la mujer y economía

La discriminación contra la mujer es virtualmente universal, ya que gracias a los datos del Banco Mundial, se ha podido ver que solo un 5% de los países respeta la igualdad de género. Esta discriminación no solo afecta a la mujer por no participar, sino que tiene consecuencias para toda la sociedad en su conjunto.

«Hay una correlación muy estrecha entre el número de discriminaciones contra la mujer y todo una serie de disfunciones a nivel de economía y sociedad», dice Augusto López Claros, ex director de indicadores Globales y Análisis del Banco Mundial. «Aquellos países que introducen mayores incentivos para la incorporación de la mujer a la fuerza de trabajo, son países donde los niveles económicos de desigualdad son menores».

La participación de la mujer en el mercado laboral es necesaria. Aparte de que esto supone que la mitad de la población se mantiene activa, se incrementa el ingreso económico por familia y esto a su vez impacta la distribución de ingresos a nivel nacional en su totalidad.

En aquellos países donde la mujer es considerada igual que el hombre, se gasta más en educación y salud pública a nivel de infraestructura lo que contribuye a mejorar la calidad de vida de toda la sociedad.

Violencia económica

Otro aspecto que relaciona la igualdad de género y la economía es el concepto de violencia económica. La dependencia económica de la mujer puede empujar a la violencia y esto se ve reflejado en tres formas: en primer lugar está la idea del control económico que implica que el abusador controle los gastos de su pareja. En segundo lugar está el sabotaje laboral con la intención de socavar la independencia económica. Se da en situaciones en las que se impide abiertamente trabajar o de manera oculta se intimida para que se abandone el empleo. El último y más reconocido es la explotación económica, que es abusar de los bienes de la mujer, situación más fácil de identificar legalmente.

«En general se produce un socavamiento de la independencia económica de las mujeres, y esa merma de la independencia económica es la que acaba siendo un factor muy importante, por supuesto no el único, de la violencia física, violencia sexual, violencia psicológica y de las situaciones de desigualdad generales que denominamos violencia sistémica, violencia del sistema y violencia legal e institucional», dice Nuria Alonso Gallo, economista feminista.

«La violencia sistémica es inherente al concepción actual capitalista», afirma Alonso. Las mujeres que se encargan de trabajos rurales, tareas domésticas, cuidadoras de hogar entre otras, no son reconocidas por el sistema, carecen de derechos y no tienen ninguna compensación económica.

Revolución feminista

Lo que busca la igualdad es valorar de la misma forma las cualidades que son por naturaleza del hombre y de la mujer, y por ende darle la misma importancia a tareas o actividades del mismo rango aunque sean de diferente naturaleza. «La igualdad está en base de tal manera que casi todas las constituciones conocidas manifiestan la legitimidad de construir la igualdad», dice Mª Teresa Ayllón Trujillo, activista del feminismo y de los derechos humanos.

Para hablar sobre La igualdad de género en el siglo XXI se sumaron a la conversación:

  • Augusto Lopéz Claros: Economista, ex director de indicadores Globales y Análisis del Banco Mundial.
  • Nuria Alonso Gallo: Profesora de economía aplicada, economista feminista.
  • Mª Teresa Ayllón Trujillo: Terapeuta Gestalt, activista del feminismo y derechos humanos.
  • Coordina Farid Yazdani: Empresario, activista y divulgador social.

La próxima mesa redonda de Orientaciones en tiempos de crisis tendrá lugar el sábado 17 de abril de 18:30 a 20:00 en el canal de YouTube de Orientaciones en tiempos de crisis y tratará el tema de La pandemia y el cambio climático.

También puede visitar la web de Orientaciones en tiempos de crisis para obtener más información sobre los próximos eventos.

¿Es posible alcanzar un nuevo momento Bretton Woods?

4 de marzo de 2021 — Escrito por Bayán Nicolás

El pasado 15 de octubre de 2020 la Directora Gerente del FMI Kristalina Georgieva pronunció un discurso en el que abogaba por volver a «los valores de cooperación y solidaridad que hermanan a la mujer y al hombre en su humanidad común» y en el que describía el escenario internacional actual como «un nuevo momento de Bretton Woods». Pero, ¿es posible alcanzar un nuevo momento Bretton Woods?

Muchos se preguntaran que supone la referencia a Bretton Woods en nuestros tiempos y que necesita la humanidad para volver a cimentar nuevas bases para la cooperación internacional con el fin de contribuir al avance de la civilización mundial. 

Para entender dicha referencia, es necesario volver a 1944, año previo a la finalización de la Segunda Guerra Mundial, y en el que 44 naciones se reunieron en un foro en la localidad estadounidense de Bretton Woods con el objetivo de consultar sobre el nuevo modelo económico que el mundo necesitaba en aquellos años y en el que se establecieron nuevas instituciones, reglas y mecanismos en torno a las relaciones comerciales y financieras. 

Es en ese foro, en el cual se fundaron las dos principales instituciones económicas internacionales que transformaron el orden económico internacional, el Fondo Monetario Internacional (FMI), con el mandato de vigilar y proteger el buen rumbo de la economía a nivel global y el Banco Mundial, entidad cuya principal misión sería facilitar financiación a los países europeos que sufrieron las devastadoras consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y posteriormente también ofreció líneas de financiación a otros países de América Latina, África y Asia. 

Gran parte de las delegaciones que los estados enviaron a esa cita histórica salieron de la reunión con el firme convencimiento de que el progreso de la humanidad solo podía venir del esfuerzo conjunto de todas las naciones de la tierra bajo un espíritu de solidaridad. 

Hoy en día, son muchas las instituciones, organizaciones gubernamentales y no gubernamentales y personas de bien común que defienden promover un similar espíritu de hermandad y solidaridad para tratar de solventar la difícil situación que atraviesa el mundo hoy día, como consecuencia de los desafíos que nos acechan como la pandemia del coronavirus, los pronunciados desequilibrios económicos que ya existían antes de la pandemia y que se han agravado como consecuencia de la misma, el cambio climático, la seguridad internacional, los retos energéticos, la digitalización de nuestras sociedades así como muchos otras cuestiones importantes para la raza humana.  

Cierto es que vivimos tiempos de inestabilidad e incertidumbre donde resulta aún más difícil traducir a la acción nobles propósitos e ideales, donde las necesidades e intereses de corto plazo de las naciones se ven como prioritarias y donde la confianza de la población hacia sus instituciones está en entredicho, pero ello no debe resultar óbice para que siempre volvamos la mirada hacia décadas pasadas y veamos como los seres humanos han sido capaces de avanzar hacia escenarios de mayor cooperación internacional y multilateralismo. No podemos olvidar las grandes crisis del pasado y tampoco desdeñar los aprendizajes logrados. La paciencia y el trabajo persistente de las generaciones anteriores deben poder ayudarnos a encarar las próximas décadas y siempre pensar que los seres humanos podemos contribuir a favorecer un mayor clima de entendimiento y acuerdo internacionales. 

Será necesario renovar muchas de las instituciones del orden internacional, será imprescindible introducir novedades en los procesos de elección y toma de decisiones y también será preciso abordar los límites de la soberanía nacional en todas aquellas cuestiones que afectan a nuestro mundo global. 

Bayán Nicolás es Licenciado en Derecho (UA), especialista en Propiedad Intelectual, Patentes y Marcas.

¿Cómo medimos el desarrollo y el progreso?

La cuestión de cómo medimos el desarrollo y el progreso es una pregunta que puede parecer simple a primera vista pero que es de las más importantes que se nos plantean en el ámbito de la gobernanza, e incluso a la humanidad en su conjunto. Y, ¿los estamos midiendo bien?

Las implicaciones de esta incógnita son enormes, dan dirección a los organismos e instituciones internacionales para diseñar sus políticas e invertir grandes esfuerzos y recursos para propulsar y conducir el desarrollo y el progreso —en un sentido amplio— en diferentes países y regiones del mundo. Pero los resultados que se obtienen, dependen de cómo definimos los conceptos de desarrollo y progreso, qué herramientas utilizamos para medirlos y hacia qué objetivos tangibles dirigimos nuestros esfuerzos. Las respuestas no son conocidas, el campo del desarrollo y sus instituciones han experimentado su propio proceso de aprendizaje y han corregido sus experiencias, estrategias y conocimientos.

María Ruiz-Melgarejo, investigadora sobre pobreza y desarrollo, ha trabajado en organizaciones como la OCDE o la Unión Europea. En su artículo explica cuáles han sido los últimos ajustes en los parámetros e índices de medida del desarrollo internacional que se han tenido que realizar para adaptarlos a los objetivos de la Agenda de Desarrollo Sostenible 2030 —la hoja de ruta de las grandes organizaciones mundiales para la próxima década—.

«La construcción de la narrativa tradicional de la financiación al desarrollo se apoya en dos pilares fundamentales: el sistema de gobernanza que gestiona esta financiación y los indicadores empleados para medir el desarrollo y atribuir esta financiación. Ambos pilares se venían discutiendo en los últimos años por su falta de alineación con la Agenda 2030 y la crisis de la covid19 ha reforzado algunos de los argumentos en contra de los parámetros de desarrollo y mecanismos que fundamentan este sistema», dice Ruiz-Melgarejo.

La experiencia pasada ha demostrado que los índices puramente económicos como el PIB per cápita no son suficientes para medir el nivel de desarrollo de una sociedad porque sólo reflejan el aspecto económico del progreso. Entonces se produce un sesgo respecto de toda otra serie de aspectos fundamentales como son: cómo de igualitariamente se distribuye esta riqueza, cómo de protegida esta la sociedad ante los hábitos consumistas, cómo de medioambientalmente sostenible es esta economía, cuál es la calidad de la educación, el grado de preparación de las instituciones y servicios públicos o sanidad frente a una crisis —como la pandemia actual—, cuál es el grado de participación de la sociedad en su gobernanza, y otras tan diversas piezas que conforman una sociedad humana.

Y los aspectos del desarrollo en los que se ha reparado más recientemente: el nivel desarrollo ético y de identidad espiritual y comunitaria de una sociedad. La experiencia está en camino de apuntar a que estos últimos ámbitos son indispensables para que una comunidad humana pueda culminar exitosamente su progreso material e inmaterial. Y no sólo eso sino resistir resilientemente a las crisis sobrevenidas.

Pero una vez que podemos definir más ampliamente cómo medimos el desarrollo y el progreso, la cuestión es cómo cuantificar estos elementos subjetivos e intangibles en indicadores y medidores para adaptarlos a la Agenda 2030.

Educación en el siglo XXI

Dentro del ciclo de mesas redondas Orientaciones en tiempos de crisis en esta ocasión se explora el tema de Educación en el siglo XXI analizando los tres principales eslabones de esta cadena: el papel de las instituciones, la selección de contenidos y la influencia del entorno familiar.

El ser humano es un ser curioso que por naturaleza tiene el interés de aprender y adquirir conocimientos. En la actualidad, uno de los medios más utilizados para la adquisición de conocimiento es internet, que nos facilita la búsqueda de información pero desgraciadamente no es una vía que esté al alcance de todo el mundo debido a que todavía hay países en los que la disponibilidad de acceso no está masivamente extendida. Es importante saber cómo es el consumo del conocimiento y cómo crearlo, pero también lo es el entorno de las instituciones como los centros educativos, las universidades, las academias e incluso los espacios públicos donde el propósito es enseñar y aprender.

¿Para qué educamos?

Esta es una pregunta que deberían plantearse las instituciones en el siglo XXI. Según afirma Carmen Vazquez de Castro, cofundadora de Start Universe «se ha caído la falacia del credencialismo» donde las instituciones nos forman con el fin de defendernos profesionalmente, de manera sistemática, en lugar de enseñarnos como humanos nuestros propios intereses. Educar en valores es participar en un auténtico proceso de desarrollo y construcción personal que no solo le conviene a la familia ni a las instituciones enseñar sino a todos, como una tarea conjunta, como tribus. El papel de las instituciones educativas para que la educación cumpla con las necesidades y expectativas del siglo XXI es apartar la educación no personalizada y centrarse en la educación humanizada, adquiriendo un conocimiento que tenga un propósito concreto de rentabilidad de carácter humano y no un proceso industrializado. 

Los contenidos formativos para el ser humano que aspira a una existencia integral en esta época diferencian la educación y la formación: La educación es la transmisión de información, en cambio la formación va más allá e implica brindar herramientas para la vida.

La formación de los valores se divide en tres tipos de valores: valores creativos, valores vivenciales y valores de actitud, donde damos al mundo nuestro yo, mostramos nuestra experiencia y conectamos con nuestro sufrimiento respectivamente. Tendríamos que reducir el tiempo de aprendizaje en cuanto a materias impartidas en instituciones, para compensar con conocimientos de valores intangibles o espirituales que nos humanizan. «Que toda persona pueda salir con este espíritu de vocación más que de formación» dice Silvia Mariana Fecha, consultora psicológica.

«El diálogo no es el centro de la educación, es el centro de la vida», dice Rosa Rabbani, doctora en psicología social. Debemos socializar con la gente, relacionarnos, aprender los unos de los otros para mejorar nuestro aprendizaje. «Los límites son esenciales cuando queremos educar» pero «la esencia de la educación son los afectos». Es importante no olvidar la importancia de valorar, estimular y reconocer los esfuerzos a la hora de educar. «En el reconocimiento es dónde está el motor del crecimiento, el motor del aprendizaje».

Para hablar sobre educación en el siglo XXI se sumaron a la conversación:

  • Carmen Vazquez de Castro: Activista educativa. Cofundadora de Start Universe.
  • Silvia Mariana Fecha: Consultora psicológica especializada en Logoterapia. Fundadora de Creando V.I.D.A
  • Rosa Rabbani: Doctora en psicología social. Psicoterapeuta. Autora del libro El buen carácter.
  • Coordina: Farid Yazdani: Empresario. Activista y divulgador social.

La próxima mesa redonda de Orientaciones en tiempos de crisis tendrá lugar el sábado 13 de marzo de 18:30 a 20:00 en el canal de YouTube de Orientaciones en tiempos de crisis y explorará La igualdad de género en el siglo XXI.

También puede visitar la web de Orientaciones en tiempos de crisis para obtener más información sobre los próximos eventos.

¿Cómo hacer desaparecer la «co» de cogobernanza?

18 de febrero de 2021 — Escrito por Sergio García Magariño

Aunque nos empeñemos en ello, eliminar el prefijo “co” de palabras como gobernanza, donde esto supone una redundancia, es un desafío destinado al fracaso por la influencia de la mercadotecnia, el marketing, y el recurso a vocablos ingleses que intentan mostrar que algo es más importante. 

Cada vez se leen más titulares y se escuchan más referencias a la noción de co-gobernanza, para referirse, entre otras cosas, a la necesidad de que el gobierno central colabore con las comunidades autónomas en la gestión de la crisis. Cristina Monge, en un estupendo artículo publicado en El País, el 13 de mayo de 2020, explicaba las razones por las que colocar una “co” delante de gobernanza es una redundancia. Estando totalmente de acuerdo con la autora, en los siguientes párrafos, sin tomármelo muy en serio, voy a intentar justificar por qué creo que los esfuerzos por retirar el discurso público algunas expresiones innecesarias, en particular todo lo referido a las “coes”, es una tarea probablemente abocada al fracaso.

El caso de la co-gobernanza es posiblemente el caso paradigmático, puesto que la misma noción de gobernanza pretende referirse, además de a las transformaciones sociales que se han producido en las últimas décadas, a un modo de gobernar y gestionar los asuntos públicos basado en la colaboración, en el concierto de diferentes agentes y en el aprendizaje, por mencionar solo algunos de sus rasgos. Por ello, la buena gobernanza ya entraña la compartición de tareas por parte de diferentes agentes e instituciones, locales, regionales, nacionales e internacionales. ¿Por qué entonces la insistencia en ponerle el “co”?

La hipótesis blanda de la que parto es que el lenguaje empresarial y de la comunicación política, pero más específicamente, el del marketing político se usa como estrategia de persuasión de manera creciente. No hace falta ser un gran analista para observar dos fenómenos contemporáneos relacionados: el lenguaje de de la publicidad impregna nuestra vida cotidiana, haciendo que las empresas recurran en sus campañas a nociones siempre innovadoras, a palabras impactantes, aunque estén vacías de significado; y la tendencia a que los asesores políticos procedan del marketing y de la comunicación política es cada vez más fuerte.

Estos dos factores hacen que se esté buscando constantemente palabras nuevas, en la mayor parte de los casos procedentes del inglés, para aparentar que lo que se dice es distinto, novedoso; en definitiva, más importante y profundo. Anglicismos como paper, speech, speaker, must, challenge, banner, blog, casting, boom, fashion, forman parte del lenguaje y el discurso de la gente moderna. Los innovadores vendrían a ser una casta especial dentro de esa especie de élite. Y es dentro de ese colectivo de innovadores empresariales y políticos donde se produce la mayor parte de las innovaciones del lenguaje. Por ello, a nadie sorprende, ni siquiera a quien no es capaz de articular un How are you? en inglés, que hablemos de lo bien que nos ha ido durante el Black Friday.

Pues en ese mismo nicho de innovadores es donde los o las “coes” se han vuelto más comunes. Quizá el recurso a la co-gobernanza no esté tan extendido, puesto que la misma noción de gobernanza despierta pasiones encontradas, pero otra, sobre la que me gustaría llamar la atención, sí: la co-creación. Me quedado sorprendido al percatarme de que, en determinados círculos —a muchos de los cuales respeto profundamente—, por el hecho de señalar o no la palabra co-crear, se despiertan emociones sublimes de aceptación o de monotonía. Se aboga por co-crear proyectos, co-crear procesos participativos, co-crear una organización. Lo sorprendente, para mí, además del uso indiscriminado de la expresión sin excesiva reflexión teórica sobre el origen, significado e intención de la misma —algo que no se puede esperar, además—, es que se puede estar describiendo algo como una co-creación sin haber puesto en práctica habilidades y sensibilidades fundamentales para esa colaboración con otros a la que se alude.

 Co-crear, en esencia, apunta a la colaboración, a realizar algo con otros, a extraer mayor sabiduría, energía y capacidad de actuación mediante la acción colectiva y las sinergias. El problema, por tanto, no estriba en el recurso al término, sino en la creencia ingenua de que por señalar que algún proyecto o proceso haya sido una co-creación, automáticamente significa que realmente se logró extraer lo mejor de la colaboración para emprender una iniciativa cooperativa. 

El lenguaje evoluciona con su uso. Por lo tanto, aunque la lucha a través del uso intencional del lenguaje puede traer resultados —como algunos sectores del feminismo muestran— e incidir en el cambio social, en la mayor parte de las ocasiones la dirección que toma el lenguaje no responde a estrategias deliberadas, sino a macro procesos espontáneos. Me temo por ello, aunque no estime que sea lo más apropiado, que la “co” de co-gobernanza y la “co” de “co-creación” persistirán en el tiempo. Ojalá el cacareo que emite el uso recurrente de este prefijo no impida extraer lo mejor y más profundo que intenta promoverse con él: la colaboración, la coordinación y el trabajo conjunto por el bien común y la mejora de la sociedad. 

Sergio García-Magariño es Doctor en sociología con mención internacional (UPNA), investigador de I-Communitas, Institute for Advanced Social Research (UPNA) y Director del Instituto para el Conocimiento, la Gobernanza y el Desarrollo globales (ICGD)

La pandemia: ¿propulsora de cambio?

28 Enero 2020 — Escrito por Sepehr Behrooz

Hace 250 años, la industria artesana comenzó a perder la batalla con la incipiente industria mecanizada. En los últimos 50 años, el hermetismo nacional ha ido dando paso a la multiculturalidad y la globalización social. Tanto en uno como en el otro caso, quedan restos de lo antiguo, pero insignificantes ante la pujanza del progreso.

¿No podría ser que esta pandemia nos estuviese augurando cambios radicales de los que aún somos inconscientes; cambios inevitables que nos estamos empeñando en ignorar o, lo que sería peor, evitar?

Así rezaba la nota que publiqué en una red social hace algunas semanas. Ahora, me gustaría profundizar en las ideas que subyacen a este planteamiento. Repasemos la perspectiva histórica que proporciona el contexto necesario.

La humanidad —en el sentido de la suma de todos los individuos que viven en el planeta— comenzó con las primeras unidades familiares, que fueron estrechando lazos y constituyeron tribus y aldeas. A lo largo de los siglos fueron apareciendo, sucesivamente, organizaciones sociales cada vez más amplias y complejas, en entornos sociogeográficos crecientes pero siempre regionales: ciudades estado, naciones, estados soberanos.

Seguramente en el siglo XIX, podríamos decir que fue surgiendo la noción de humanidad, no en el mero sentido aditivo señalado más arriba, sino como un extenso conjunto social, cultural, político y económico interrelacionado. En cualquier caso, estamos hablando de un proceso que lleva varios siglos desde que comienza a manifestarse hasta que se consolida universalmente. 

A lo largo de este recorrido, han ido surgiendo avances, cambios, inventos, etc., que, o bien alimentados por el proceso de globalización, o bien reforzándolo ellos mismos, han ido eliminando usos largamente establecidos y generando cambios tan imprevistos como irreversibles. Así, cuando en el siglo XVIII surgió la primera revolución industrial, cuya consecuencia más palpable fue el declive paulatino de los talleres artesanales en favor de las fábricas. Pero, además de ésta, hubo otras muchas consecuencias, como las económicas, sociales y demográficas, por citar sólo algunas de ellas.

En paralelo a esos avances, aparecieron las señales de resistencia ante el cambio de un modelo socioeconómico que comenzaba a agonizar. El ejemplo destacado se produjo en los años 1811-1816, cuando en medio de las protestas por la pérdida de puestos de trabajo artesanos, se quemaron decenas de telares mecanizados en Reino Unido.

Ahora, con la ventaja de dos siglos de progreso, vemos cómo esos cambios, que en su momento pudieron leerse como pasajeros o circunstanciales, marginales en su alcance e impacto, en realidad abrieron la puerta de una transformación social y económica desconocida hasta entonces.

Los entornos sociogeográficos fueron creciendo hasta que, fundamentalmente a finales del siglo XIX, la soberanía nacional alcanzó su nivel más alto. El colonialismo fue, en cierto modo, el pistoletazo de salida de lo que hoy conocemos como globalización. Cuando diversas naciones estado extendieron su área de influencia —y explotación— a territorios de diversos continentes. 

Entre otros motivos, fueron los choques de esos intereses los que prendieron la mecha de la primera guerra mundial. Lo que sí es más indudable es que el final de esa conflagración supuso el comienzo de un proceso —vivo aún hoy, un siglo después— encaminado a encorsetar las consecuencias del desbordamiento de la soberanía nacional.

Desde entonces, vivimos un conflicto permanente entre las pasiones soberanistas, reaccionarios frente a la pérdida del poder absoluto nacional, y el imparable empuje globalizador, que va arrasando cualquier resistencia como un poderoso torrente colina abajo. Y, si bien pudiera parecer que, a lomos del populismo político, el nacionalismo está recobrando terreno, no hay nada más lejos de la realidad. 

Desde el pan (harina) y el arroz, alimentos básicos del planeta; a los automóviles y teléfonos móviles, estandartes del progreso económico; pasando por otros tipos de bienes (la banca, el fútbol, la televisión, la literatura), todo lo que usamos viaja miles de kilómetros cada día para satisfacer las necesidades de un consumismo planetario.

¿Quién, hace tan sólo cincuenta o sesenta años, hubiese imaginado semejante integración e interdependencia social de mercados? Porque una cosa son los sueños que impulsaron, por ejemplo, el mercado común europeo, y otra distinta, bastante más precaria y realista, los mecanismos que lo pusieron en marcha.

En cualquier caso, ambos ejemplos, al igual que otros muchos a lo largo de la historia, ponen de relieve que, en momentos determinados, pueblos y naciones se han enfrentado a coyunturas extraordinarias que han cambiado el curso de su desarrollo, a pesar de que muchos agoreros y la población en general dudaban o directamente se oponían a tal proceso de transformación.

Lo que nos lleva a retomar la pregunta: ¿No podría ser que esta pandemia nos estuviese augurando cambios radicales de los que aún somos inconscientes; cambios inevitables que nos estamos empeñando en ignorar o, lo que sería peor, evitar?

¿Qué tienen en común estos ejemplos? La profundidad de la transformación a largo plazo, el alcance de los cambios en todos los ámbitos de la vida y, particularmente, la incapacidad del ser humano de prever sus implicaciones. Esto, unido a la tendencia natural mayoritaria de resistencia al cambio, es lo que vemos hoy día en esa obstinación por la «vuelta a la normalidad».

Con esto, yo no quiero certificar —no soy quién para ello— que estemos ante una nueva revolución, pero sí abrir una ventana ante unas circunstancias que, bien miradas, no resultan tan disparatadas. Más de un millón de fallecidos y un año de vida normal perdido en todo el planeta, desde luego no pueden dejarse de lado.

El modelo de vida occidental, que a través de múltiples mecanismos se predica y propaga al mundo entero, tiene múltiples facetas. Pero, si observamos las tendencias de los últimos cincuenta años, vemos que nos lleva a consumir cada vez más bienes y servicios, y a estar cada vez más vacíos de valores y creencias fundamentales. 

El relativismo moral y la impregnación de la ideología política en casi todos los aspectos de la vida constituyen una seña de identidad del «desarrollo» socioeconómico de los pueblos. Podríamos equipararlo a una cadena de montaje: una cinta transportadora nos lleva de un punto de recarga al siguiente, sin tiempo para reflexionar, sin necesidad de pensar. Y cuando el proceso se interrumpe (una cinta alabeada, un punto de recarga defectuoso, etc.), la prioridad es recomponerlo de inmediato para continuar produciendo a toda velocidad. 

Algo parecido es lo que vemos estos días. A toda costa, debemos regresar a la vida tal como era antes de la pandemia: seguir (por supuesto) con nuestros trabajos, y seguir también con las salidas a tomar cañas y tapas, con los viajes a la playa o la montaña, con los niños en sus colegios, los aeropuertos llenos, los centros comerciales a rebosar… despertar un día como si todo esto hubiese sido una mera pesadilla y no tuviésemos nada que reflexionar, nada que aprender, nada que cambiar.

Pero, ¿y si dentro de otros cincuenta años, al volver la mirada atrás, nuestros descendientes se sonrieran ante la ingenuidad de esta generación que trató de luchar contra la llegada de una nueva etapa del desarrollo humano? ¿No es con esa misma condescendencia histórica con la que miramos nosotros a quienes se opusieron a las máquinas de vapor, y a quienes trataron de oponerse a un mundo interconectado e interdependiente?

Ahora, con la ventaja de esta reflexión sobre nuestro pasado desde la atalaya del siglo XIX, tal vez podamos —debamos— mirar hacia el futuro y contemplar la posibilidad de estar embarcados en un nuevo proceso transformador; o, quizá mejor expresado, en una nueva etapa de un proceso universal que está llevando a la humanidad hacia una unidad orgánica insospechada hasta ahora.

Los aspectos menores de ese proceso serían aquellos que han salido a relucir en discusiones y debates diversos acerca de los efectos de la actual pandemia: jornadas laborales más cortas, apuesta decidida por el teletrabajo, movimiento de población desde las grandes urbes hacia áreas menos densas, menor consumo de artículos esencialmente innecesarios, menos desplazamientos largos y mayor presencia local, nuevos modelos de entretenimiento menos masificados; y así, otras muchas ideas.

Sin embargo, revestiría mayor interés explorar los aspectos más profundos de esa potencial transformación que nos estaría envolviendo. Es más, no haríamos sino aplicar un cierto enfoque científico, como harían, por ejemplo, los físicos: intuir una nueva realidad, teorizarlo, plantear experimentos y comprobarlo.

Interrelación entre libertad de religión o de creencias y seguridad

Propósito

La Oficina de Instituciones Democráticas y Derechos Humanos de la OSCE (ODIHR) publicó recientemente Libertad de religión o de creencias y seguridadManual de orientaciones. En un contexto de crecientes restricciones impuestas en nombre de la seguridad al derecho al ejercicio de la libertad religiosa y de conciencia, este oportuno documento aclara la interrelación entre dicho derecho y la seguridad y proporciona principios rectores, orientación práctica y recomendaciones para abordar una serie de cuestiones que yacen en la intersección entre ambos objetivos políticos.

Junto con la ODIHR, DEMOSPAZ de la Universidad Autónoma de Madrid, I-Communitas / Instituto de Investigación Social Avanzada (Universidad Públicade Navarra), la Oficina de Asuntos Públicos de la Comunidad Bahá’í de España y algunos miembros del Parlamento, se ha organizado un seminario especial, compuesto por tres paneles —uno político, uno mediático y otro compuesto por organizaciones de base religiosa— a fin de deliberar colectivamente acerca de tres temas tratados en el documento, a saber, (a) la interrelación entre el derecho a la libertad religiosa y de conciencia y la seguridad, (b) la conexión entre el discurso y la literatura «extremista» y la seguridad, (c) así como el papel que la sociedad civil, incluidas las comunidades religiosas o de creencias, puede desempeñar en el fortalecimiento de la cohesión social y la seguridad.

Programa

9:45-10:00
Bienvenida
 y presentación del documento Libertad de religión o de creencias y seguridad: Manual de orientaciones

  • D. Mikolaj Wrzecionkowski — OSCE/ODIHR

10:00-10:50

PANEL 1: La interrelación entre la libertad religiosa y de conciencia y la seguridad: una perspectiva política inspirada en el documento de ODIHR

  • D.ª Zoila Combalía — Profesora de Derecho Eclesiástico en la Universidad de Zaragoza y ex miembro del Panel de Expertos en Libertad de Religión y Conciencia de OSCE/ODIHR
  • D. Ismael Cortés — Diputado de Unidas Podemos – En Comú Podem – Galicia en Común y Secretario II de la Comisión de Interior
  • D. David Pérez — Consejero de Administración Local y Vivienda de la Comunidad de Madrid

Modera D. Sergio García, I-COMMUNITAS – Universidad Pública de Navarra (UPNA)

10:50-11:00 Descanso

11:00-11:50

PANEL 2: Discurso «extremista», literatura y seguridad: una perspectiva de los medios inspirada en el documento de ODIHR

  • D. Pablo Elorduy — El Salto Diario
  • D. Stéphane M. Grueso — Maldita.es
  • D. Arash Arjomandi — Profesor de Filosofía en la UAB y escritor

Modera D. Andrés Shoai, Agencia de Comunicación KREAB

11:50-12:00 Descanso

12:00-12:50

PANEL 3: El papel de las comunidades religiosas en la prevención de laradicalización violenta a la luz del documento de ODIHR

  • D.ª Julia Nieto — Representante de Asuntos Interconfesionales de la Comunidad Masorti Bet-El
  • D. Mohamed Ajana Elouafi — Secretario de la Comisión Islámica de España
  • Dª Mardía Herrera — Docente, escritora y miembro de la Comunidad Sufí
  • D. José Miguel Lliria — Pastor de la Comunidad Evangélica Romaní
  • D.ª Clarisa Nieva — Directora de la Oficina de Asuntos Públicos de la Comunidad Bahá’í de España

Modera D. Carlos Jiménez, DEMOSPAZ – Universidad Autónoma de Madrid (UAM)

12:50-13:00 Conclusiones y cierre

Lo rural: desafíos y oportunidades

El pasado 21 de noviembre tuvo lugar la última mesa redonda de Orientaciones en tiempos de crisis en la que se exploró el tema de Lo rural: desafíos y oportunidades. El tema fue abordado desde tres aspectos fundamentales: educación, empleo y salud, la mujer rural y las migraciones.

Existe una necesidad urgente de la vuelta al mundo rural (fundamental para la subsistencia del ser humano). La cuestión es: ¿cómo posibilitar que esa vuelta sea de una forma sostenible y que perdure en el tiempo?

Educación, empleo y salud

Juan José Manzano, formador en procesos de innovación social, explicó que para poder volver al mundo rural es necesario afrontar los desafíos y necesidades en aspectos tales como la educación, el empleo o la salud. Se necesita formación en medios digitales y nuevas formas de producción, crear proyectos rurales factible, así como acceso a centros sanitarios dotados de medios materiales y personal facultativo. Todo esto teniendo en cuenta el medio rural, sus habitantes y las capacidades de estos.

La mujer rural

Mari Luz Fresneda, presidenta de FADEMUR (Federación de mujeres rurales), centró su exposición en la mujer rural. La mujer, por su capacidad de cuidar y organizar se convierte en un elemento fundamental en los proyectos de desarrollo.

La mayor dificultad es la de crear una mentalidad de empoderamiento en la mujer rural y hacerles ver que son elementos fundamentales ya que sin ellas es imposible llevar cualquier proyecto o explotación agraria a cabo por el papel que juegan en este entorno.

A pesar de ser cuidadoras en el entorno familiar, trabajadoras agrícolas y creadoras de proyectos en el mundo rural, no son reconocidas a niveles de dirección, representación en mesas de decisión o en cooperativas de creación de nuevos proyectos. La creación de una nueva visión de la mujer rural en una posición de igualdad con el hombre es uno de los desafíos primordiales.

Migraciones

Sinuhé Lozano, ingeniero agrónomo, expuso el problema de la migración desde el mundo rural a las grandes urbes como un proceso que ocurre a nivel mundial. El abandono de la vida rural por la vida en ciudad conlleva a situaciones de hacinamiento, estrés, mala nutrición, contaminación, etc., todo ello derivado de una necesidad de prosperar que el mundo rural no ha podido solventar.

La pandemia ha puesto en especial relevancia el hecho de que sin alimentos no hay sociedad ni civilización y que por lo tanto la agricultura es una necesidad fundamental. Esto impulsa el desarrollo de tres procesos: un nuevo modelo económico y de producción, un nuevo espíritu emprendedor y el retorno a una nueva ruralidad.

Para llevar acabo estas propuestas es necesario contar con un cambio profundo en el ser humano y el desarrollo de su espiritualidad, específicamente basado en valores como la honradez, el sentido de justicia o la empatía.

La globalización ha propulsado a la civilización actual a una nueva etapa en la que es primordial comenzar a pensar a escala planetaria y en la unicidad de la humanidad.

Para hablar sobre los desafíos y oportunidades que ofrecen la vida rural se sumaron a la conversación:

  • Juan José Manzano: Formador en procesos de innovación social para la reactivación del entorno rural.
  • Mari Luz Fresneda: Experta en emprendimiento de la mujer y desarrollo rural. Presidenta de FADEMUR Albacete.
  • Sinuhé Lozano: Ingeniero agrónomo y empresario, co-creador de ecosistemas de emprendimiento sostenible.
  • Coordina Farid Yazdani: Empresario, activista y divulgador social.

La próxima mesa redonda de Orientaciones en tiempos de crisis tendrá lugar el sábado 20 de febrero de 18:30 a 20:00 en el canal de YouTube de Orientaciones en tiempos de crisis y tratará el tema de La educación en el siglo XXI.

También puede visitar la web de Orientaciones en tiempos de crisis para obtener más información sobre los próximos eventos.

La polarización en la moción de censura contra Sánchez

El Congreso celebraba la semana pasada un pleno en el que se debatió y votó la moción de censura que presentaba Vox —con Santiago Abascal como candidato alternativo— contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Era de esperar que el debate fuera candente y los representantes de los distintos partidos presentaron sus posturas polarizando el discurso por potenciales beneficios electorales. Luis Miller, científico titular del CSIC y vicerrector del Instituto de Políticas y Bienes Públicos, elaboró un informe en el que analiza la polarización en España y que defiende que estamos más divididos por ideología que por políticas públicas.

Conociendo el riesgo y consecuencias para una democracia sana del uso de discursos polarizados, Miller recomienda hablar de políticas para rebajar una tensión que aumenta cuando se apela a identidades.

«Las identidades —partidista, ideológica, territorial— polarizan más que las políticas públicas —fiscal, migratoria—».

Desgraciadamente, esta polarización que puede ser un escalón en el proceso de radicalización de un individuo o grupo, o parte del proceso del resquebrajamiento de una democracia parece ser beneficiosa como estrategia en política partidista.

«La polarización divide el Congreso y también a unos ciudadanos que se ven arrastrados por ella, a veces, incluso sin quererlo. Pero esta estrategia política no surge de manera casual, sino que hay alguien detrás que la planifica y se beneficia de ella», asegura Miller en la siguiente entrevista.

Cuando la forma de hacer política sacrifica la reflexión y la consulta constructiva y se basa en apelar a las emociones y en el uso de las redes sociales supone una potencial ganancia política pero una —incluso mayor— pérdida para la salud democrática de un estado.

Gobernanza Tecnológica

Inteligencia artificial (AI), 5G, Internet de las cosas, son ya el presente del ecosistema digital y con el control de estas tecnologías viene el control sobre la privacidad y seguridad de sus usuarios, lo cual podría suponer un riesgo en términos de seguridad nacional.

«Este ecosistema está actualmente dominado por unas pocas grandes plataformas en línea y unos pocos proveedores de tecnologías –las de hoy y las de mañana– radicados en EE. UU. y China,» afirma el Dr. Jorge Pérez Martínez, Catedrático de la ETSI de Telecomunicación de la Universidad Politécnica de Madrid, en el siguiente artículo.

Llevamos un tiempo siendo testigo de la batalla tecnológica entre estos dos gigantes del mercado. El año pasado Google se divorció de Huawei dejando de proporcionar acceso a las actualizaciones de Android —el sistema operativo más usado en todo el mundo— a la compañía china. Así mismo, este año —mientras la pandemia se extendía a lo largo y ancho del planeta— Donald Trump dio la orden de vetar TikTok —propiedad de la empresa china ByteDance— en Estados Unidos debido a sus políticas de recopilación de datos.

El desarrollo de este ecosistema digital ha llegado a tal nivel que recientemente las grandes potencias del mundo han comenzado a cambiar las normas de la competencia para proteger sus intereses. Ahora la digitalización está sometida «al fenómeno de geopolitización de la economía mundial». De esta forma, el ecosistema digital se ha convertido en el nuevo y principal objeto de discordia —o acuerdo— entre naciones.

Pero, ¿cuál es la gobernanza y regulación adecuada para la tecnología?

Cuando empresas globales tiene acceso a la información y datos personales de usuarios de todos los países del mundo, ¿quién es responsable de cómo y para qué se trate esta información?

En el año 2018 la Unión Europea actualizó su ley de protección de datos con el famoso Reglamento General de Protección de Datos pero parece ser que la tecnología avanza a mayor velocidad que los reglamentos regionales y los acuerdos internacionales. Esta descompensación ya está contribuyendo al aumento de tensiones entre las grandes potencias del mundo.

Pareciera que la naturaleza global del ecosistema digital fuera el camino o para la puesta en marcha de un nuevo sistema de regulación internacional o para el desencadenamiento de nuevos conflictos entre naciones.

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