UNA CIUDADANÍA MUNDIAL

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18 de octubre de 2022 — Escrito por  Sami Khiari

Prevalece un sentimiento de incredulidad creciente en nuestra sociedad exangüe de esperanza cuando se reúnen los líderes del mundo, para decidir qué medidas tomar ante la urgencia climática y la protección del medio ambiente. 

Quizás sea necesario reconfigurar tanto la forma como el contenido de estas agendas internacionales y apaciguar el desánimo y la frustración de las nuevas generaciones, que claman alto, claro y con razón, no culpables. 

Parece que las conferencias de las partes como la de Glasgow y otras cumbres semejantes siguen un mismo y recurrente patrón. Sin ánimo de menospreciar, ni tampoco rebajar o deslegitimar semejantes iniciativas, todas han consistido en una sucesión de macro acontecimientos que empiezan con discursos grandilocuentes, híper mediatizados, generando la esperanza de que esta vez sí va la vencida.

Sin embargo, las acciones decididas y los resultados tangibles no deslumbran en el momento presente.Tampoco se percibe la seguridad y la voluntad que presagia un cambio de rumbo franco, para enderezar el desarreglo climático y sus consecuencias y llevar a buen puerto nuestro barco colectivo, acechado por lluvias torrenciales, sequías persistentes y altas temperaturas jamás registradas en nuestro planeta . 

A la vista está, que una vez bajado el telón, apagados los focos mediáticos, enrollada la alfombra roja de la esperanza, renace el sentimiento de divorcio entre la ciudadanía expectante y la acción gubernativa titubeante y atrapada por sus intereses irrenunciables. Aún y todo soy optimista ¿cuántas veces renació el ave fénix de sus cenizas? La cuestión está en arrimar el hombro colectivamente, porque la causa es común y la solución también. La acción individual y la colectiva no pueden escindirse en caminos opuestos y discordantes, han de fusionarse en un único objetivo: el de preservar nuestro planeta, que da sustento a todos .

A las preguntas ¿qué tengo que hacer para preservar el medioambiente? y ¿Cuáles son las exigencias requeridas a nuestras instituciones para llevar a cabo un magno multifacético proyecto, con el fin de corregir este modelo de desarrollo y sustituirlo gradualmente por otro menos invasivo y más acorde con los equilibrios ecosistémicos?

Necesitamos tener claro cuál es el orden de prioridad y diferenciar lo importante de lo urgente. Es de justicia restituir el orden de los elementos puesto que la tierra precedió al humano, entonces tiene la prioridad para ser recuperada de los destrozos que le hemos infligido, evitaremos por consiguiente que ella perezca y nosotros detrás.

Como ilustración, todos sabemos, que una comunidad de vecinos cuenta con áreas privadas y comunes que hay que cuidar y proteger. Nos incita un sentimiento de responsabilidad cívica y temor a ser recriminados y multados por el administrador de la finca. Lo de meter la mano al bolsillo es muy disuasorio, al parecer. 

Pero ¿qué pasa con las partes privadas? En realidad no hay muchas diferencias, si tienes una fuga de agua que afecta a tu vecino lo tienes que solucionar.

Finalmente, te sometes a restricciones, porque formas parte de un todo, vivir  juntos en libertad y en seguridad está condicionado a una idea superior que es: el bien común.

Pues la tierra que pisamos, el aire que respiramos y el agua que bebemos son bienes comunes y como tales han de ser preservados por normas a escala internacional. Nuestra comunidad de vecinos, en este caso la tierra, con ocho mil millones de habitantes, además de redonda y de color predominante azul, no tiene equivalente en nuestro sistema solar, salvo algún exoplaneta que se encuentra a años luz de distancia y al que de momento ningún taxista te puede llevar. 

Frente a esta nueva realidad de dimensión planetaria, necesitamos desarrollar y establecer una cierta idea de ciudadanía mundial, que nos involucre como habitantes de un único país, para preservar el medio ambiente. Cabe recordar que el aumento de la temperatura y la contaminación atmosférica no se circunscribe dentro de unos límites territoriales, mientras que la adopción de un modelo de desarrollo sostenible a escala mundial si puede remediar a cada una de las partes .

Porque si no es así, cabe preguntarse ¿Qué más necesitamos experimentar para asentar nuevas voluntades acordes con las exigencias urgentes y globales de nuestra época? ¿Qué otros desafíos han de doblegar una sociedad interconectada, para reimaginar nuestra interacción con el medioambiente? 

Urge forjar una conciencia colectiva coherente, un nuevo horizonte de cooperación y de reciprocidad, liberarnos del fetiche del interés nacional decimonónico y edificar sin trampas ni ventajas particulares la sociedad del futuro.También redefinir los modelos económicos orígenes de tantas lacras medioambientales, reconsiderar el crecimiento económico sin reservas y hacer nuestro mea culpa por haber entregado sin condiciones nuestra sociedad a un superfluo y efímero modernismo, irrespetuoso con la madre tierra e irreconciliable con el proceso natural de regeneración de la vida sobre nuestro planeta. 

Quién sabe si no será después de un sobresalto con consecuencias inimaginables, que una  sociedad escarmentada decida despertarse desde su letargo hacia su liberación final, para reconstruir un mundo próspero, justo e independiente de los egoísmos ancestrales que nos ha llevado hasta aquí. 

Al menos que las personas de buena voluntad y desde cualquier horizonte, ideología, credo, cultura o nación quienes crean las sinergias necesarias para la consecución de esta meta; la de salvar nuestra planeta de un posible colapso y quién sabe de una extinción en masas de los seres vivos, aún más severa  que la que está operando hoy en día, es una convicción que solo el paso del tiempo demostrará su validez .

Publicación original 27 de agosto de 2022 en El Correo

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