La cuestión de cómo medimos el desarrollo y el progreso es una pregunta que puede parecer simple a primera vista pero que es de las más importantes que se nos plantean en el ámbito de la gobernanza, e incluso a la humanidad en su conjunto. Y, ¿los estamos midiendo bien?

Las implicaciones de esta incógnita son enormes, dan dirección a los organismos e instituciones internacionales para diseñar sus políticas e invertir grandes esfuerzos y recursos para propulsar y conducir el desarrollo y el progreso —en un sentido amplio— en diferentes países y regiones del mundo. Pero los resultados que se obtienen, dependen de cómo definimos los conceptos de desarrollo y progreso, qué herramientas utilizamos para medirlos y hacia qué objetivos tangibles dirigimos nuestros esfuerzos. Las respuestas no son conocidas, el campo del desarrollo y sus instituciones han experimentado su propio proceso de aprendizaje y han corregido sus experiencias, estrategias y conocimientos.

María Ruiz-Melgarejo, investigadora sobre pobreza y desarrollo, ha trabajado en organizaciones como la OCDE o la Unión Europea. En su artículo explica cuáles han sido los últimos ajustes en los parámetros e índices de medida del desarrollo internacional que se han tenido que realizar para adaptarlos a los objetivos de la Agenda de Desarrollo Sostenible 2030 —la hoja de ruta de las grandes organizaciones mundiales para la próxima década—.

«La construcción de la narrativa tradicional de la financiación al desarrollo se apoya en dos pilares fundamentales: el sistema de gobernanza que gestiona esta financiación y los indicadores empleados para medir el desarrollo y atribuir esta financiación. Ambos pilares se venían discutiendo en los últimos años por su falta de alineación con la Agenda 2030 y la crisis de la covid19 ha reforzado algunos de los argumentos en contra de los parámetros de desarrollo y mecanismos que fundamentan este sistema», dice Ruiz-Melgarejo.

La experiencia pasada ha demostrado que los índices puramente económicos como el PIB per cápita no son suficientes para medir el nivel de desarrollo de una sociedad porque sólo reflejan el aspecto económico del progreso. Entonces se produce un sesgo respecto de toda otra serie de aspectos fundamentales como son: cómo de igualitariamente se distribuye esta riqueza, cómo de protegida esta la sociedad ante los hábitos consumistas, cómo de medioambientalmente sostenible es esta economía, cuál es la calidad de la educación, el grado de preparación de las instituciones y servicios públicos o sanidad frente a una crisis —como la pandemia actual—, cuál es el grado de participación de la sociedad en su gobernanza, y otras tan diversas piezas que conforman una sociedad humana.

Y los aspectos del desarrollo en los que se ha reparado más recientemente: el nivel desarrollo ético y de identidad espiritual y comunitaria de una sociedad. La experiencia está en camino de apuntar a que estos últimos ámbitos son indispensables para que una comunidad humana pueda culminar exitosamente su progreso material e inmaterial. Y no sólo eso sino resistir resilientemente a las crisis sobrevenidas.

Pero una vez que podemos definir más ampliamente cómo medimos el desarrollo y el progreso, la cuestión es cómo cuantificar estos elementos subjetivos e intangibles en indicadores y medidores para adaptarlos a la Agenda 2030.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here