Que el conocimiento es un bien social es un enunciado fácilmente aceptado. Que el conocimiento es fundamental para el progreso individual y social también es una idea compartida. Sin embargo, afirmar que la generación, la aplicación y la difusión de conocimiento ha de ser el proceso central de la existencia social requiere explicación.

Hoy día, la mayor parte de las sociedades tiene a la economía en el corazón de la vida colectiva, lo que hace que se valoren todos los logros en términos económicos. Esta clave interpretativa parece estar influyendo incluso sobre aquellos que mencionan que la investigación, la innovación y el conocimiento han de ser el eje de la economía. Si el valor del conocimiento es su impacto económico, finalmente se acaban incentivando aquellas formas de conocimiento que se comercializan más fácilmente, como lo susceptible de ser patentado, y el conocimiento ya deja de ser el motor del progreso social para, a lo sumo, convertirse en el motor del beneficio económico de algunos.

En el siguiente artículo, el filósofo Daniel Innerarity analiza algunos principios que pueden servirnos tanto de clave interpretativa para comprender el mundo en que vivimos como de guía orientativa para mejorar nuestros sistemas y mecanismos de gobernanza. La necesidad de mayores cotas de conocimiento es uno de ellos.

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